El segundo volumen de la ‘Historia de los judíos’ de Simon Schama repasa
las persecuciones e intentos de integración del pueblo de Israel entre 1492 y
1900
El siglo XX ha sido tan intenso para los judíos que ha acabado eclipsando
todo su pasado. Evocar hoy la causa hebrea obliga a centrar el relato,
inevitablemente, en el Holocausto nazi y el conflicto entre Israel y Palestina,
como si todo lo que ocurrió antes cupiera en una nota a pie de página en los
libros de historia. Sin embargo, la memoria de los descendientes del reino de
Judá es tan larga y frondosa como la del propio Occidente, aunque el papel de
chivos expiatorios de todos los males que a menudo les tocó desempeñar les
condenó a una marginación secular. Las actas siempre las levantan los
vencedores.
Contra este sino maldito se bate el historiador británico, y judío inglés
de segunda generación, Simon Schama (Londres, 1945), quien se ha propuesto
rescatar del desván de la historia el relato de una cultura milenaria que
permanece viva a pesar de las incontables purgas y persecuciones que ha
soportado. En el 2013 publicó el primer volumen de su ‘Historia de los judíos’,
que abarcaba desde la formación de este pueblo hasta su expulsión de España en
1492, y ahora acaba presentar la segunda parte, editada en castellano por
Debate, que sigue la huella hebrea por todo el planeta desde el éxodo sefardí
de finales del siglo XV hasta las puertas del XX.
Como un cuento
Lo cuenta como él sabe: como un cuento. Famoso en Reino Unido por sus
documentales de historia de la BBC, Schama tiene más de divulgador televisivo
que de sesudo historiador, y siempre ha defendido que la historia «debe
ser entretenida para atraer a la gente que no frecuenta el mundillo
académico». Con esa fórmula, este catedrático de Historia de la
Universidad de Columbia ha relatado el pasado de holandeses, británicos y
franceses en voluminosos libros más cargados de anécdotas y cuentos orales que
de referencias bibliográficas, pero que fueron devorados por el gran público
como auténticos ‘best-seller’.
Juez y parte
La de los judíos es una historia especial, porque en ella el historiador
ejerce de juez y parte, pero este condicionante, lejos de suponer una
limitación, en su caso es un valor añadido. El volumen que ahora publica lo ha
subtitulado ‘Pertenencia’ con una clara intención. «La pregunta que me
hago es: ‘¿Puede uno ser judío y vivir una vida judía y al mismo tiempo
sentirse alemán, francés, inglés o estadounidense? La respuesta soy yo mismo,
un judío británico que se siente orgulloso de su origen y su nacionalidad. Mi
padre iba a la sinagoga los sábados y leía a Shakespeare los domingos, para mí
no hay ningún conflicto. Pero no todos pudieron decir lo mismo. Los 400 años
que se relatan en este libro están llenos de intentos, la mayoría fallidos, por
hacer posible esa doble condición», explica.
«El principal ícono de la cultura judía es la maleta», subraya
Simon Schama
Marcados por el estigma de un pecado original, el de haber participado en
la crucifixión y muerte del hijo del dios de los cristianos, los judíos
recuerdan su pasado en forma de continua persecución. «Toledo, Lisboa,
Amsterdam, Londres, Cracovia… Son tantos los lugares en los que creímos haber
encontrado un hogar y de donde nos echaron por querer ser judíos al tiempo que
españoles, portugueses, ingleses y polacos…», suspira Schama.
El reverso positivo de esa diáspora permanente ha sido el desarrollo de
una particular capacidad resiliente para adaptarse a cada lugar sin perder
nunca sus señas de identidad. «La clave de nuestra supervivencia ha sido
la portabilidad. El principal icono de la cultura judía es la maleta. Nos hemos
salvado porque supimos estar siempre preparados para marcharnos en busca de
otro sitio donde nos aceptaran», apunta.
Schama encuentra otro beneficio colateral derivado de esa tendencia
natural hacia la dispersión: «Somos el pueblo más cosmopolita que existe.
Hoy hay judíos chinos, africanos, europeos, americanos… Ninguna otra cultura ha
tenido una experiencia global semejante», destaca. ¿Cómo hablar de
pertenencia ante tantas versiones de lo mismo? «Nuestra identidad no es
racial, nacional ni geográfica, sino religiosa y cultural. Nos une una memoria
común», responde el historiador.
Los cuatro siglos que separan 1492 de 1900 dan testimonio de la obsesión
de los judíos por mantenerse como pueblo y ser, a la vez, ciudadanos del mundo.
En este recorrido plagado de asedios y persecuciones, pero también de valientes
intentos de integración, cobra más sentido que nunca la definición del judío
errante, el pueblo que vagó por el mundo en busca de su sitio.
Refugiados con kipá
La edad moderna arrancó para los judíos, como no podía ser de otra forma,
con un éxodo, el de los sefardíes expulsados de España en 1492. «No fue
nuestro primer exilio, pero sí el más traumático por las raíces que nos unían a
una tierra a la que llegamos antes que los visigodos», apunta Schama,
quien relaciona ese fuerte arraigo con el sentimiento de paraíso perdido que
hoy siguen albergando los sefardíes que hay repartidos por todo el planeta.
«El exilio de España fue el más traumático por las raíces que nos
unían a una tierra a la que llegamos antes que los visigodos»
La primera parada de aquella hégira fue Portugal, pero la anexión de este
reino al español en tiempos de Felipe II supuso para los semitas que a partir
de 1536 fueran nuevamente perseguidos por la Inquisición. «Muchos
intentaron mantener sus dos identidades, pero el Santo Oficio puso mucho empeño
en separar a los cristianos falsos de los verdaderos», advierte el
historiador.
En medio del drama, la huida de los sefardíes dio lugar a una de las
páginas más nobles de solidaridad que recuerda la memoria judía. Un consorcio
de mercaderes creó una red de navíos, carretas y alojamientos para trasladar a
los refugiados desde Lisboa a la costa inglesa, y de aquí a Flandes para
conducirlos luego a Italia y Turquía, donde su seguridad no corría peligro.
La Ilustración y la integración posible
Entre los siglos XVII y XVIII se sucedieron los intentos por integrar a la
comunidad judía en varios estados europeos. En 1650, el rabino sefardí Menasseh
Ben Israel, que había escapado de Portugal a Inglaterra huyendo de la
Inquisición, logró que el Parlamento derogara la orden de expulsión que había
emitido Eduardo I contra los judíos ingleses. «Fue el primer intento de
superar el antisemitismo por medio de la razón», destaca Schama.
El éxito de Ben Israel convirtió a Inglaterra en una Meca para los judíos
de la época. Otro «paraíso» fue Amsterdam, donde la comunidad hebrea
pudo vivir en paz durante más 300 años, hasta que los nazis aparecieron por la
ciudad de los canales en actitud de caza.
A finales del siglo XVII, en la antisemita y luterana Alemania
–»Lutero, literalmente, odiaba a los judíos», subraya el
historiador–, el filósofo alemán Moses Mendelssohn, a la sazón abuelo del
compositor Felix Mendelssohn, impulsó la ‘Haskalá’, una suerte de Ilustración
judía que sacó la educación del hebreo de los ámbitos religiosos. «A
veces, la principal resistencia provenía de los propios judíos. El temor a
mezclarse mantuvo a muchos encerrados en el gueto», advierte Schama.
Ciudadanos por la gracia de la revolución
El concepto de ciudadanía que impulsó la Revolución Francesa impactó en la
aspiración judía de ser admitidos como miembros de pleno derecho en la
sociedad. «En la iglesia, los hombres son católicos, y en la sinagoga,
judíos, pero en los asuntos civiles todos son patriotas de la misma
religión», dejó dicho el revolucionario Mirabeau en 1789.
«La Revolución nos brindó la primera gran oportunidad para formar
parte de una nación sin renunciar a nuestras creencias. El mensaje fue: judíos,
salid de los guetos, abandonad el miedo, hablad nuestra lengua y venid a
nuestras universidades, creáis en el dios que creáis o seáis ateos»,
recuerda Schama.
Los vientos revolucionarios ayudaron a integrar a los judíos, pero la
historia nunca se escribe sobre renglones rectos y buena parte de los franceses
siguieron albergando un profundo antisemitismo que perduró durante todo el
siglo XIX.
La plaga de los nacionalismos
A lo largo del siglo XIX, los judíos europeos prosperaron en los negocios
y los oficios. Se hicieron médicos, banqueros, abogados, políticos, militares…
Pero en la segunda mitad de la centuria, el viento de la historia iba a
cambiar. Frente a la mentalidad universalista de la Ilustración, los
nacionalismos que afloraron en estos años giraron la mirada hacia valores
arcaicos ligados a la tierra, la pureza de sangre y los mitos rurales. Wagner
ponía banda sonora a este sentimiento inflamado.
«Todo esto chocaba contra la idea de la integración judía, una
comunidad refractaria a las ideas de frontera y raza. De pronto, volvieron a
ser señalados como unos extraños en sus propias ciudades. Muchos no tuvieron
más remedio que hacer de nuevo las maletas y emigrar», explica Schama.
Buena parte de ellos lo hicieron a Estados Unidos, un país de emigrantes que en
poco tiempo vio dispararse su población judía.
El ‘caso Dreyfus’ como síntoma
En 1898, Emile Zola denunció en un mítico artículo de prensa, titulado ‘Yo
acuso’, el complot antisemita que se había organizado contra el militar francés
de origen judío Alfred Dreyfus, injustamente acusado de traición a la patria.
Más allá del escándalo que provocó la revelación, que partió en dos la sociedad
francesa y causó una crisis política, el ‘caso Dreyfus’ sirvió para sacar a la
luz el profundo antisemitismo que perduraba en Europa en vísperas del siglo XX.
Testigo del juicio de Dreyfus fue el periodista austrohúngaro Theodor
Herzl, padre del sionismo político moderno, a quien los gritos de «¡muerte
a los judíos!» que escuchó en las calles de París le convencieron de que
la integración era imposible y que los hebreos debían constituir su propio
Estado. Pero el propio Herzl intuyó que ese objetivo iba a tener un precio muy
elevado, y profetizó: «Tendremos que hundirnos aún más, ser aún más
insultados, escupidos, ridiculizados, azotados, expoliados y masacrados».
Faltaban 30 años para que el nazismo echara a rodar la macabra maquinaria
del Holocausto.
Memoria del pueblo judío
09/Oct/2018
El Periódico, España- por Juan Fernández